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Don Ramón Pérez Díaz: Entrañable mindoniense
16 / 01 / 2017 > Con voz propia Compartir en Facebook Compartir en Twitter
Ramón Pérez
Desde que tuve noticia del fallecimiento de Ramón, al que cariñosamente sus contemporáneos conocíamos como Ramonciño, he estado dándole vueltas a las palabras que me gustaría decir para definir su personalidad desde mi punto de vista que, como es natural y comprensible, no tendrá mucho que ver con la manera de recordarle de las muchas personas que ha conocido y le han tratado.
He tenido que imaginarlo al llegar unas vacaciones estudiantiles y encontrarlo por las calles de Mondoñedo. Porque Ramón acudía sin faltar a ese periodo vacacional para ver a su familia y amigos y para  encontrarse con sus vecinos, saludarles y charlar un rato. 

Me lo imagino, nada más llegar , pasando  lista a los que estaban por allí estas vacaciones y contactando en los lugares de reunión tras el saludo convencional en busca de novedades que le permitieran tomar el pulso a la vida de la ciudad. Los días siguientes le permitan llenar las  horas con paseos, charlas y  comentarios de unos y otros. Si fuese a una isla desierta es posible que al igual que aquel hechicero que daba la bienvenida a los náufragos,   preguntase: ¿hay por aquí alguno de Mondoñedo?

Ahora quedara un vacío entre aquellos que le frecuentaban y que como dice Moncho Castañeda iban de vinos con él; precisamente la víspera de su fallecimiento. 
 
 He  revisado el significado de persona entrañable, para no equivocarme al hablar de Ramón. Las dos acepciones me valen: que inspira un gran afecto, y la persona que es profunda y afectuosa.

Así pues,  esto lo uno con una frase que hace tiempo vi escrita refiriéndose al caso  concreto de que cuando fallece una persona en un entorno como el de un pueblo de Galicia, con él desaparecen historias y hasta maneras de expresión que corresponden al acervo de la población en la que ha vivido. Y de verdad, no estamos para perder nada y menos esas cosas de la vida cotidiana que nos siguen en los recuerdos

Ramón es posible que estuviese pensando en escribir para recordar y para que no se olvidasen anécdotas de sucesos acaecidos durante  su vida en Mondoñedo. Chascarrillos o historias interesantes que ha vivido o le han contado. Por eso ahora le echaremos de menos y no nos daremos cuenta de valorar lo que consigo ha llevado, como recuerdo de su paso por este terruño.

He tenido que buscar recuerdos de los primeros años. Casi desde que era estudiante en el  seminario. Y una de mis primeras imágenes me llevaban a verlo  con su amigo de estudios, Bernardo, "o fillo de Cantimpalo", con el que se le veía pasear y charlar animadamente mostrando esa amistad de juventud, pese a la distancia.

También, como recuerdan, sus charlas en la Imprenta de Suc. Mancebo, por lo que no es de extrañar esa foto en la que aparece Palleiro informándose, muy probablemente a la salida de misa de doce de la a Iglesia  Nueva.
 
Ramón Pérez 

Sí, para definirlo exactamente, se me ocurre que decir de él que era un mindoniense de los auténticos considero  que  es lo más acertado y cercano a la realidad. Culto, y por si fuera poco profesor en latines y griego , conversador, amigo de paseos y tertulias.

Y como sacerdote, me viene a la memoria los nombres de Don Perfecto, del que contaba algunas  anécdotas , don Manuel Lamas, al que yo consideraba poco menos que inmortal, porque cada vez que volvía de vacaciones me lo encontraba igual, como si el tiempo no pasase por él, don Cruz Saborit, que se dirigía a sus alumnos con una frase para comentar un caso a modo de ejemplo: "un sobrino de un primo de un amigo mío", que los primeros días los dejaba descolocados, hasta que descubrieron que no existía parentesco alguno. Pero Ramón era el cura al que vimos de estudiante (si, de los "do corno pra diante, que veña  o vento e llo levante") y eso le hacía, si cabe, más entrañable, más nuestro.

Como mindoniense, propagó su persona en un amplio espacio terrenal. Por si fuese poco, se vino a Madrid, y por lo que me dijo uno de esos veranos en que nos encontrábamos, era profesor en el instituto en Getafe, justamente en el mismo municipio en el que desarrollé mi vida laboral por más tiempo. Allí, precisamente allí, no nos vimos nunca. Somos de Mondoñedo.

En mayo de este año, en sus apariciones en Facebook, nos hicimos la promesa de "a ver si nos vemos", esa frase tan corriente entre los mindonienses cuando se encuentran en vacaciones y luego, al pasar el mes, constatamos que no  hemos tenido la oportunidad de volver a vernos. 

Le ha tratado mucha gente, me consta. Desde los muchos compañeros y conocidos del seminario a los que luego vendrían de su larga tarea como profesor y clérigo. Muchos que habrán  lamentado, y lamentamos,  que se haya ido sin tener tiempo a charlar plácidamente, sin prisas, aunque fuese de fútbol. Es posible que recordásemos las charlas en alguna sastrería o  zapatería de Mondoñedo. Y desde luego, creo que no hablaríamos de política, porque eso no es novedad y no aporta conocimientos.

Un mindoniense así de pura raza, es como lo recuerdo y espero que otros, mindonienses o no, le recuerden de manera similar. Buena persona y excelente  compañero, con el que se podía hablar de muchas cosas y recordar viejos tiempos.

Me viene a la memoria aquella consideración que me hizo un francés compañero de trabajo: Los españoles tenéis la costumbre de preguntar cuando os presentáis: ¿de dónde eres? A mí siempre me ha extrañado; los franceses no lo hacemos. 

Yo creo que mi compañero le hubiese preguntado a Ramón: ¿de dónde es usted, dónde ha nacido?, porque una persona así tiene que ser de una pasta especial, muy elaborada y con buena calidad de agua; ¡de Mondoñedo, vamos!.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ CRUZ 
 

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